La salvaje
esperanza. Gonzalo Arango Arias. Nacido en Andes, Antioquia, un 18 de enero de
1931, y muere trágicamente, un 25 de septiembre de 1976.
La salvaje esperanza.
"Éramos dioses y nos volvimos esclavos.
Éramos
hijos del sol y nos consolaron con medallas de lata.
Éramos poetas y nos
pusieron a recitar oraciones pordioseras.
Éramos felices y nos civilizaron.
¿Quién
refrescará la memoria de la tribu? ¿Quién revivirá a nuestros dioses?
Que la
salvaje esperanza será siempre tuya, querida alma, inamansable."
Gonzalo
Arango era hijo de la tía Nena, hermana de mi abuela Concepción Arias Palacio.
Mi madre,
Alicia Mejía Arias, era muy cercana a la tía y a su familia. Nos hablaba de
Gonzalo, quien era escritor, poeta, periodista, prosista y dramaturgo. Gonzalo era el menor de 13 hijos e hijas.
Gonzalo fue
influenciado por los movimientos artísticos y culturales de vanguardia de su
época, como el existencialismo, el dadaísmo y el surrealismo. Gonzalo, decía mi
madre, que era muy irreverente, que siempre estaba buscando respuestas a sus
profundos interrogantes, que eran muchos. Esto lo llevó a cuestionar las formas
literarias, la cultura y la moral tradicional.
Su obra la situó en el urbanismo
y desarrolló un fino espíritu crítico a la sociedad paisa, tan cerrada culturalmente y tan conservadora.
Exploró
varios géneros literarios: crítica literaria, poesía, teatro, crónicas, cuentos, autobiografía, comentarios y memorias.
Participó con sus
escritos en revistas y diarios locales e internacionales, lo que nos llenaba de
orgullo cuando lo veíamos y leíamos en la casa.
Estos días me encontré con un amigo nadadista , quien me contó esta anécdota “ En una reunión de artistas , tan comunes en la ciudad, se encontraron Gonzalo y el Maestro Fernando Botero, ya reconocido como pintor y escultor en Europa. Este último muy preocupado por la flacura y poca perspectiva que tenía la inteligencia y sensibilidad de su amigo, le preguntó: “ Gonzalo ¿Cuál es tu sueño?" Él le respondió: "Viajar por Europa y conocer su cultura”.
El maestro Botero le dijo: "Te voy a regalar este cuadro mío , con su venta tienes para la compra de los tiquetes aéreos y estadía por varios meses”.
Gonzalo estaba feliz con su novia Angelita y decidió comprar un carro con la venta del cuadro e irse de viaje rumbo a Villa de Leyva, en Boyacá. Cuando pasaban por el municipio de Tocancipá, venía en sentido contrario un camión y los atropelló. Gonzalo murió en este accidente en el año 1976, Angelita sobrevivió .
Su vida fue intensa, un gran buscador espiritual. Inicialmente se declaró ateo y luego fue haciendo un tránsito hacia una espiritualidad muy profunda,
casi mística.
Pasó de entender el mundo y la sociedad en la que vivió, a fundar el
nadaísmo.
Decía "No estamos aquí para pisotear las flores ni marchitar su
aliento de aromas sagrados con nuestra razonable epilepsia inquisidora. Porque
la tierra reverdecerá sin nosotros, pero nosotros sin ella, no viviremos un
instante".
En sus
conversaciones abiertas, nadaístas, convidaba al fracaso, cuestionaba las
formas de éxito, el consumismo, invitaba al ocio creativo, al amor por la nada.
Era muy libre en su juvenil y apasionada vida, hundiendo el acelerador a cada
instante. Al final de su trasegar por la vida, se distanció del nadaísmo y se
refugió en la espiritualidad.
Yo fui a
verlo en dos oportunidades. Deseaba escuchar a quien era un símbolo en
contravía de las tradicionales costumbres de esta cultura paisa. Así que acepté
una invitación con unas amigas que me invitaron y nos fuimos al salón Versalles
a escucharlo.
Me
impresionó su delgadez, sus ojos tristes. Inició con reflexiones de filósofo y
poeta que me inspiró el cariño espontáneo de saberlo cercano, familiar, hijo
de la tía Nena.
El tema al
que hizo referencia era sobre la vida y la muerte, que me impactó y entendí el
porqué le decían profeta, que era justo lo que yo percibía. No fui capaz de
acercarme y presentarme ante él. Me inspiró un profundo respeto.
Me sentí
invitada a cuestionarlo todo, no tenía respuestas, sino que su conversación
invitaba a abrir la mente y corazón hacia adentro. Con solo su mirar ya me
estaba iluminando y despertando verdades dormidas en mí.
"Lo
único que siempre dejo para mañana es mi muerte", decía Gonzalo.
"Muerte
mía. La muerte no es quedarme con las manos ancladas como barcos inútiles a mis
propias orillas, ni tener en los ojos tras la sombra del párpado el último
paisaje hundiéndose en sí mismo. La muerte no es sentirme fijo en la tierra
oscura mientras mueve la noche su gajo de luceros y mueve el mar profundo, las
naves y los peces y el viento mueve estíos, otoños, primaveras. Otra cosa es la
muerte: decir tu nombre una y otra vez en la niebla".